RV: Leyendas de Toledo
Fuente: "R3 Viajes" via R3Team in Google Reader
Expuesto el: sábado, 25 de abril de 2009 19:00
Autor: María Sánchez Montes
Asunto: Leyendas de Toledo
| Callejuelas y templos que envuelven misterios. Sortilegios y nigromantes. Misticismo y tradición. Conoce la historia de la ciudad de Toledo en sus mágicas noches. El primer punto del viaje para iniciar el recorrido es “La Mansión del Diablo”.
Leyendas de Toledo Cuenta la leyenda que en el Barrio de San Miguel había, frente a la parroquia principal del pueblo, una casa llena de festines poco piadosos. Los campanarios de la iglesia siempre anunciaban las noches de orgía, blasfemias y aquelarres que dentro había. El regente de esta casa era un judío, acompañado de una vieja de aspectos roídos, como la casa. Una noche de desenfreno el fuego apuntaba a los techos. La casa ardía. El diablo enterraba a los viejos en medio de los lamentos. El miedo ingresó así al vecindario. Atisbos. Derrumbamientos. Lamentaciones. Puro terror. Desde entonces esta casa es conocida como “la casa del duende” o “la casa del Diablo”. Desde entonces también se conoce que aquel que pasaba allí la media noche, era llamado a entrar a sus oscuras habitaciones por un juego repentino, vertiginoso, pero lo único que le esperaba era la muerte. Esta leyenda es una de las tantas que se cuentan en la ciudad de Toledo. El deterioro de los edificios, que nos lega la ciudad desde la Edad Media, y los años de sus calles brindan el escenario perfecto para concebir aún más historias. Reales o imaginarias. Todas son parte de las costumbres toledanas. La religión también ha aportado a las prácticas nigrománticas que se conocen en Toledo. Como por ejemplo la de la plaza Zocodover y el Prado de los Ahorcados. Cuenta una historia bastante difundida, sobre todo entre la población de mayor edad, que en 1500 d.C. un caballero, conocido como Agustín Moreto y Cabañas, recorría la plaza cuando de improviso una fuerte lluvia se originó en el cielo. Él, para resguardarse, se ocultó bajo el Arco de la Sangre. Este caballero era afamado por su pluma y su espada. El tiempo en que podía escribir un soneto era el mismo en el que podía desvainar una espada. Era todo un genio del arte y la guerra. Oculto bajo el arco, la tarde le daba el paso a la noche. Cuando entre cavilaciones un raudo mensajero se acercó y le entregó un sobre. El misterio se había desatado para él con un fatídico final. La acción fue rápida, por lo que no pudo distinguir el rostro de aquel hombre que había nacido de entre las nubes y la lluvia, en un día gris. Un gesto de asombro, que luego se convirtió en duda, apareció en su rostro. El sobre decía: “Si sois hombre, si os tenéis por caballero, esta noche a las doce en El Prado de los ahorcados, os espero”.
Por su valor de hidalgo caballero, el hombre de la leyenda tomó la resolución de dirigirse a tan misterioso lugar para cumplir con la cita, sin diferenciar si esta era broma, afrenta o emboscada. Por ello se armó bien de su espada, su capa y, según la leyenda, por lo menos dos dagas para hacer el combate lo más seguro posible. Así, al caer la noche el caballero estaba ya, media hora antes, en El Prado de los Ahorcados. Pero no había en el lugar una sola persona. Sin embargo, pensativo, en medio del prado, un sonido arribó desde la oscuridad, y el efecto fue inmediato: el caballero dejó ver la fina hoja de su espada. Mas nada vio, y su siguiente reacción no vino del arma sino de la lengua: ¡Quién anda ahí! ¡Da la cara si eres hombre y enfréntate a tu destino!, dijo. Sin embargo su grito no fue lo suficientemente fuerte para cubrir lo que su sorpresa luego descubriría entre el ramaje. Al acercarse a la sombra lo que encontró le hizo tender el frío del prado dentro de su cuerpo: un hombre se mecía lentamente, de una rama, ahorcado. Pero la sorpresa no terminó ahí, el cuerpo, ya muerto, señalaba, con su brazo derecho, un claro que se mostraba bastante cercano. El lugar era familiar para el caballero, se trataba del campo donde había dado muerte a un contrincante mucho menos hábil que él hacía unas semanas. A pocos días de esto, el cadáver de Agustín Moreto fue hallado, con un petrificado rostro de miedo acariciado por el color albino que habían tomado sus cabellos. Hasta hoy no se sabe el motivo de su muerte, ni porqué había una soga de ahorcado colgando de una rama en el árbol junto al caballero, una soga que no tenía a ningún hombre en ella. Esta es una de las leyendas más recordadas de Toledo, pero también se encuentra esta en la que la leyenda está salpicada de elementos ligados a la religión.
Catedral de Toledo Se inicia esta historia cuando la joven, muy hermosa, María Antúnez, muy caprichosa también, es hallada sollozando por su enamorado Pedro Alfonso de Orellana. Este al preguntarle la razón del llanto encuentra como respuesta la magra realidad de que su amada se ha obsesionado, desde la mañana de ese día, con una ajorca de oro que tenía la Virgen del Sagrario, que se encontraba en la Catedral de Toledo. Luego de desvanecerse ambos en la imposibilidad de obtener tan bella presea, el joven se decidió en tomar, para su desde ya desdichada amada, la ajorca, que tenía en su mano, la Madre de Dios. Fue de noche, que se acercó a la Catedral, atravesó la tumba de los reyes, la estatuas de los santos, arzobispos, ángeles y guerreros, y también las esculturas de demonios que eran vencidas por alados seres del cielo. Se posó al pie de la santísima Virgen, y con un miedo terrible cerró sus ojos al ver los hermosos, penetrantes y examinadores ojos de María Virgen. El joven terminó su empresa con los ojos cerrados, había tomado ya la ajorca para su enamorada, ahora sólo debía voltear y abrir los ojos, y aunque no quería hacerlo, debía hacerlo para poder regresar. Más al abrir los ojos, el paraje más aterrador que se pudiera imaginar dentro de un templo sagrado había tomado forma. Las decenas de estatuas y esculturas, con todas ¡todas! las formas que contenían, habían cobrado vida, y observaban, sin pupilas, el cuerpo pecador de Pedro Alfonso de Orellana. Los dependientes del templo encontraron, al día siguiente otro paraje aterrador. El joven estaba en el suelo, aún con la ajorca en la mano, señalándola y gritando “Es suya, es suya” Todos supieron que en adelante, el pobre hombre que había mancillado a la Virgen y a la Iglesia, había perdido todo rastro de razón. Estas son leyendas que adornan el vivir en esta ciudad de maravilla repleta de pasajes similares. Pero estas han sido sólo unas cuantas líneas sobre sus historias, las cuales son muchas y nos dan siempre un escenario de misterio lleno de preguntas. Magnífico. |



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